Gibraltar español

Quien no paga la orquesta (De ratas, niños y peñones)

Columna de opinión — ejercicio de estilo, a partir de la crisis fronteriza de Ceuta y la columna de Pablo Pombo «Invadamos, ya mismo, Gibraltar».

Cuenta la vieja leyenda alemana que la villa de Hamelín, asediada por una plaga de ratas que ni gatos ni venenos lograban aplacar, contrató a un forastero de capa multicolor que, flauta en mano, prometió liberarla del tormento a cambio de un precio. Sonó el instrumento, y las ratas —dicen las crónicas, con esa precisión falsa que tienen siempre las crónicas— salieron de sus agujeros como poseídas y se arrojaron al río Weser, una tras otra, hasta ahogarse todas. El pueblo, aliviado, hizo entonces lo que hacen los pueblos aliviados: regatear la factura. Y el flautista, que no era hombre de perder lo pactado, volvió unos días después, tocó de nuevo, y esta vez se llevó consigo a los ciento treinta niños de Hamelín, que jamás regresaron. La moraleja que unos y otros le han sacado a la fábula, en seiscientos años de repetirla, es siempre la misma: hay músicas que convocan multitudes sin que estas sepan muy bien hacia dónde caminan, y hay quien toca esa flauta sabiendo exactamente lo que hace, mientras el resto se limita a bailar.

También en España, esta semana, alguien ha soñado con ser flautista. Lo firma un tal Pablo Pombo, y la propuesta, dicho sea con toda la seriedad que merece, es esta: ya que el vecino del sur ha demostrado que basta con dejar unas puertas entornadas para que una marea humana cruce una frontera en una tarde y sin disparar un tiro, hagamos nosotros lo propio con el maldito peñón. Reclutemos, dice, a setenta mil voluntarios a través de las redes sociales —que para eso Moncloa tiene el poderío que tiene—, subámoslos a camiones (mejor camiones que trenes, precisa, con ese cuidado logístico que solo tienen los sátiros), pongámosles bañador, armémosles de flotadores y de barcos hinchables, y soltémoslos a nado sobre Gibraltar mientras el servicio secreto británico, ocupado en asuntos de mayor enjundia —léase, haciendo balconing en Benidorm—, no se entera de nada. Que se planten diez mil, que se planten setenta mil: la gracia no está en el número, sino en demostrarle al planeta entero la imagen de una invasión al territorio de un país incapaz de defender sus propias fronteras. Será divertidísimo, remata Pombo. Y lleva razón: lo sería, si no fuera, como casi todo lo que se escribe estos días en España, un chiste que calca con exactitud milimétrica una tragedia real.

Porque en el fondo no se hablaba de Gibraltar, sino de Ceuta, donde no hubo flauta pero sí ratas —también las hay siempre, en toda fábula política que se precie— y donde miles de personas, muchas de ellas niños, cruzaron el Tarajal a nado el mismo día en que a Rabat le convino tocar ese acorde. Y aquí uno recuerda al ministro Marlaska, hombre parco donde los haya, sentenciando con esa media sonrisa suya que hay cosas que ocurren sin que necesariamente tenga que haber responsable. Frase que debería grabarse en mármol a la entrada de algún ministerio, si es que en España quedara ya algún ministerio con vocación de dejar constancia de nada.

«Hay cosas que ocurren y no necesariamente tiene que haber una responsabilidad.»

Y mientras unos escribíamos, en broma, sobre invadir el peñón, Ese —que ya se sabe quién es Ese, aunque el nombre propio importe cada vez menos— seguía haciendo lo que mejor sabe hacer, que es no hacer nada con gran dedicación: enganchado a TikTok, coleguita de sus seguidores, compartiendo el musicote de la tarde en Spotify, sin que a nadie se le viera plantear siquiera la posibilidad remota de convocar un Consejo de Seguridad Nacional. Zarzalejos lo cuenta con la precisión del cronista que ya no se sorprende de nada: ni «necesario» ni «oportuno» le pareció a Ese activar los mecanismos previstos exactamente para esto, para el día en que otro país decida, porque le conviene, violar una frontera. ¿Y cuándo puede volver a ocurrir? La respuesta, que también da Zarzalejos, es incómoda: no lo decide España. Lo decide quien, al otro lado, sabe que puede usar a seres humanos como munición de una guerra que no se libra con fragatas sino con autobuses, y que aquí nadie —ni fragata, ni portaaviones, ni gesto que se le parezca— va a molestarse en frenar.

En Hamelín, al menos, hubo negociación previa, precio pactado y, después, ajuste de cuentas: el pueblo no pagó, y pagó carísimo por no pagar. Aquí no ha habido ni siquiera esa cortesía. Nadie ha pactado nada con nadie, no hay flauta que sonar ni orquesta que timar: hay, simplemente, una puerta que se abre cuando conviene al de enfrente, y un Gobierno que, mientras tanto, prefiere el fondo de la piscina para mirarse en él. Lo de invadir Gibraltar a nado, en bañador y con flotadores, era —convénzanse— la parte graciosa.