Gibraltar español

La letra pequeña de un tratado que Londres no ha leído

Hay contratos que se firman una vez y se incumplen toda la vida, y el de Gibraltar es, de largo, el más longevo de Europa. Trescientos trece años lleva la Corona británica citando el artículo X del Tratado de Utrecht como si fuera un cheque en blanco firmado a perpetuidad, y trescientos trece años lleva pasando por alto que ese mismo artículo tiene letra pequeña, y que la letra pequeña también se firma.

Empecemos por lo que de verdad dice el papel, no lo que conviene recordar de él. En 1713 España cedió «la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas». Cuatro cosas: ciudad, castillo, puerto, fortalezas. No cedió el istmo. No cedió las aguas. No cedió el cielo que hoy sobrevuelan los aviones que aterrizan donde antes solo había una franja de arena neutral entre dos centinelas que se miraban sin hablarse. Ese pedazo de tierra —donde hoy está la pista, la aduana, media ciudad nueva— lo ocupó Gran Bretaña después, poco a poco, con la paciencia de quien sabe que nadie le va a parar la mano. No hay cesión que lo ampare. Hay, simplemente, costumbre. Y la costumbre, en derecho, no es lo mismo que el derecho.

Luego está la cláusula que Londres prefiere no citar en las ruedas de prensa: si la Corona británica alguna vez decide «dar, vender o enajenar de cualquier modo» Gibraltar, España tiene derecho preferente a recuperarlo. Es el tanteo, el mismo mecanismo que usaría cualquier notario de provincias para una finca en discordia. Y en 2006 Londres hizo exactamente eso: entregó a Gibraltar una Constitución de autogobierno casi pleno, enajenó competencia tras competencia de la propiedad que juró no enajenar sin avisar primero al vecino. Se llame como se llame en Whitehall, eso es transferir la cosa cedida sin pasar por la puerta que el propio tratado dejó abierta para España.

Y por último, la condición que se firmó pensando en el contrabando y que hoy se ha convertido en autopista: el tratado prohibía la comunicación abierta por tierra entre el Peñón y España, salvo necesidad extrema, precisamente para que Gibraltar no se convirtiera en lo que con el tiempo, cómo no, se ha convertido: un agujero por el que entra y sale de todo con más fluidez que por la puerta principal. Trescientos años después, la Verja se abre cada mañana como si el artículo X nunca hubiera existido.

No hace falta inventarse un tratado con fecha de caducidad —no lo hay, y decir lo contrario solo le regala a Londres la comodidad de desmentirnos con razón—. Hace falta, simplemente, leer el que hay. Y en ese, entre líneas, sigue escrito lo que a los piratas —con patente de corso o sin ella— siempre se les ha dado peor entender: que ocupar no es lo mismo que poseer, y que poseer, cuando se hace pisando la letra pequeña, tiene fecha de devolución aunque nadie la haya puesto en el calendario.