Pierre Menard, autor del Peñón (Tres siglos copiando una firma que nunca fue suya)
Hay un cuento de Borges —«Pierre Menard, autor del Quijote»— que conviene releer cada vez que alguien confunde la posesión con el mérito. Cuenta la historia de un escritor francés que se propuso reescribir el Quijote entero, palabra por palabra, no copiándolo sino recreándolo desde su propia circunstancia, hasta producir un texto idéntico al de Cervantes y, sin embargo —sostiene el cuento, con la mejor cara de póquer de la literatura universal—, más rico, más sutil, más suyo. El chiste, que tiene mucho de metafísica y algo de estafa, es que a fuerza de copiar durante el tiempo suficiente uno puede acabar firmando como propio lo que nunca escribió.
Cuánto tiempo hace falta para que una copia se convierta en original, y un préstamo, en propiedad. Cuánto tiempo hace falta para que el que tomó prestado el libro deje de devolver las llamadas, cambie la cerradura y, ya puestos, presuma de biblioteca. Trescientos años, por ejemplo. Trescientos veintitrés, para ser exactos, que es lo que lleva el Reino Unido firmando como suyo un peñón que nunca escribió.
Algo de esto debió de pensar Ramón Tamames el pasado 22 de abril, en uno de esos desayunos coloquio de Nueva Economía que dirige José Luis Rodríguez, cuando tuvo que escuchar al ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, deshacerse en elogios ante el tratado que España y el Reino Unido tienen pendiente de firmar sobre la nueva situación de Gibraltar tras el Brexit. Tamames, entre el público, no se limitó a tomar notas: pidió la palabra y presentó —lo cuenta él mismo— una especie de enmienda a la totalidad. No hay que firmar ese tratado, que hace perdurable indefinidamente la vieja colonia. Hay que devolver Gibraltar a España.
«Debemos rechazar un tratado que confirma la situación colonial», escribe Tamames, sin adornos. La frase se basta sola.
Y no la España de hoy solamente, matiza el economista, sino la de 1703: aquella Monarquía Hispánica de virreinatos y capitanías generales de la que hoy son herederas una veintena de repúblicas iberoamericanas —de la Argentina a Venezuela, alfabéticamente hablando—, más Filipinas y el Pacífico. Conviene no olvidar tampoco, añade Tamames, a los holandeses, invasores originarios antes de que los ingleses tomaran el relevo y lo convirtieran en costumbre: trescientos veintitrés años de coloniaje efectivo que ya nadie discute, como tampoco se discute la firma de Menard al pie del Quijote.
La propuesta, dicho así, tiene la contundencia de lo evidente: que el Peñón se sume, en palabras de Tamames, a las diecisiete comunidades autónomas ya existentes, con las competencias que otorga la Constitución de 1978 y con el inglés como segunda lengua cooficial, tan cooficial como el catalán, el euskera o el gallego. ¿Suena a fantasía? Puede. Pero no es más fantasioso que sostener, como lleva tres siglos haciendo Londres, que la copia es el original.
Tamames reclama, además, que el ministro Albares convoque ya a esas veinte repúblicas hispanoamericanas —de la A de Argentina a la Z de Venezuela— para reclamar juntas, en nombre de la vieja Monarquía expoliada, lo que el Reino Unido se resiste a devolver. Y recuerda, de paso, que ahí siguen los otros veintiséis socios de la Unión Europea, que ya no tendrían por qué tolerar un enclave colonial británico dentro de casa ahora que el dueño del enclave se marchó de la Unión por la puerta de atrás. Uno se pregunta cuántos de esos veintiséis se habrán parado alguna vez a pensarlo. Cuántos, y con qué prisa lo olvidan.
Y si a Albares le faltasen argumentos —cosa que Tamames da por improbable, no sin retranca—, ahí está nada menos que Adam Smith, fundador de la ciencia económica, recomendando ya en 1776, en La riqueza de las naciones, la devolución de la Roca a España. Doscientos cincuenta años lleva esperando turno el consejo. Ni Cervantes esperó tanto a que le reconocieran la autoría de lo suyo.
Cervantes escribió el Quijote una vez. Menard lo reescribió entero, letra por letra, y aun así el mérito seguía siendo de Cervantes, por mucho que a Menard el ejercicio le hiciera sentirse autor. Al Reino Unido, que lleva trescientos veintitrés años reescribiendo el peñón con la misma letra imperial de siempre, habrá que recordarle tarde o temprano —a poder ser con Tamames, con Adam Smith y con veinte repúblicas americanas al fondo del coro— que copiar durante tres siglos no da título de propiedad. Da, como mucho, para un cuento de Borges. Tamames lo tiene claro, y lo repite, según sus propias palabras, «sin que los mandos del sanchismo se enteren»: la firma, al final, la pone quien tiene derecho, no quien más tiempo lleva sin devolver el libro.