Buenas vallas, malas lindes (Cae la Verja de Gibraltar tras 117 años, pero el agua, la arena y el aeropuerto siguen sin repartir)
Hay una tapia, en casi cualquier pueblo de España, que lleva en pie más años de los que nadie sabría explicar. La levantó un abuelo, o el abuelo de un abuelo, para separar su huerto del huerto de al lado; y desde entonces las dos casas se han heredado, se han vendido, se han vuelto a heredar, sin que a nadie se le haya ocurrido preguntar por qué la linde tuerce ahí, junto al peral, en lugar de ir recta como debería. Uno se cría creyendo que esas tapias son geología y no albañilería, que estuvieron siempre y estarán siempre, como el sol de agosto o las avispas. Y sin embargo un día —lo raro es que tarde tanto— los nietos de una casa y de la otra se sientan, se dan la mano, y deciden tirarla.
Algo parecido, aunque a otra escala y con otros nietos, ha ocurrido hoy en Bruselas.
La Verja de Gibraltar, esa cancela que llevaba desde 1909 —ciento diecisiete años, generación tras generación— separando el Peñón del resto de España en cumplimiento estricto del Tratado de Utrecht, ha dejado de existir esta tarde en la práctica, tras la firma de un acuerdo entre la Unión Europea y el Reino Unido. Lo han rubricado el comisario europeo de Comercio, Maros Sefcovic, y el secretario de Estado británico para Europa, Stephen Doughty, con Albares y el ministro principal de la Roca, Fabian Picardo, de testigos. Falta que lo ratifiquen los Parlamentos de Estrasburgo y de Westminster, así que de momento entra en vigor de manera provisional, que es como decir que el matrimonio no está firmado del todo pero los novios ya viven juntos.
Desaparece la garita. Desaparece la cola. Desaparecen, con ellas, los controles de toda la vida que durante décadas obligaron a miles de trabajadores a enseñar el pasaporte cada mañana, camino de un empleo que, por más vueltas que le den unos y otros, sigue estando en suelo británico.
Albares lo ha llamado la última pieza de un rompecabezas que el Brexit llevaba una década desmontando, y ha hablado de una nueva era. Conviene recordar, de paso —porque a uno le gusta la ironía cuando es la Historia quien la firma—, que los gibraltareños votaron en su día, y de forma masiva, por quedarse en la Unión; no les sirvió de nada, y hoy son igualmente ellos quienes deben aprender a vivir con las consecuencias de lo que decidió, allá lejos, una mayoría que ni siquiera era la suya.
Por primera vez desde 1713 España tiene algo que decir dentro de la Roca, aunque sea de tapadillo: Gibraltar queda asociado al espacio Schengen sin ser territorio español, pero bajo supervisión española, en un arreglo que a los juristas les va a dar de comer durante años. En el aeropuerto, doble inspección: policía gibraltareña para lo suyo, funcionarios españoles vigilando la puerta de atrás de Schengen, calcado —dicen— del modelo que ya funciona en la estación de St. Pancras, donde es la gendarmería francesa, y no la británica, quien revisa los papeles de quien coge el tren a París. Así que el Reino Unido, que tanto porfió por recuperar el control de sus fronteras, acaba aceptando que sea el vecino, en su propio suelo, quien las vigile. Las vueltas que da la Historia, con mayúscula y con sorna.
A cambio, la Roca promete portarse bien: una suerte de IVA, y mano más dura con el comercio de tabaco, ese negocio boyante que lleva años sangrando, cajetilla a cajetilla, a la Hacienda española desde el otro lado de la Verja ya difunta.
¿Y las aguas? ¿Y el suelo ganado al mar a paladas durante décadas? ¿Y ese aeropuerto, construido —consta en las actas— sobre terreno que España jamás cedió? De eso, ni palabra. El acuerdo, tan solemne en la foto, ha preferido no tocarlo; se ve que hasta las cancelas más viejas se derriban antes que las lindes de verdad.
La tapia del huerto, decíamos, cae por fin. Que el agua, la arena ganada al mar y el corral ampliado a espaldas del vecino sigan exactamente donde estaban, sin repartir, ya no es asunto de albañiles. Buenas vallas hacen buenos vecinos, dice el refrán. Falta ver qué clase de vecinos hacen las lindes que se quedan, tercas, justo donde estaban, ahora que ya no hay valla que las disimule.